Para ellas … y en ellas, también nosotros
Está por concluir el mes de la mujer con descubrimientos que llegan para transformar el interior. Así aparecieron ellas, entre voces que celebraban la historia de la mujer desde distintos ángulos, surgieron nombres que hasta entonces permanecían fuera de mi horizonte. No formaban parte de mis certezas, y sin embargo, al encontrarlas, sentí dicha que te comparto.
En la Francia del siglo XVIII, cuando el pensamiento comenzaba a desafiar estructuras profundamente arraigadas, Madame de Pompadour comprendió que las ideas requieren algo más que talento. Requieren impulso, protección y una voluntad capaz de sostenerlas cuando generan incomodidad. Desde su posición en la corte de Luis XV, rodeada de poder, intrigas y vigilancia constante, decidió respaldar uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos de su tiempo. La Enciclopedia, dirigida por Diderot y d’Alembert, enfrentaba censura, persecución y resistencia institucional. Ella intervino con inteligencia y determinación. Facilitó recursos, brindó protección, generó condiciones para que esa obra pudiera existir. En un contexto donde el conocimiento representaba una amenaza para el orden establecido, su decisión constituyó un acto de enorme lucidez. Aquella obra, destinada a compilar y expandir el saber humano, encontró en ella una aliada decisiva. Su nombre no aparece como autora, aunque su huella atraviesa cada página.
Siglos antes, en Japón, en la refinada corte Heian, Murasaki Shikibu escribía desde la observación más íntima. Dama de compañía y testigo privilegiado de la vida cortesana, desarrolló una sensibilidad extraordinaria para captar lo que escapa a la mirada superficial. En un entorno donde la escritura formal se reservaba a los hombres, utilizó el silabario japonés para crear una obra que transformaría la literatura universal. El relato de Genji, que es considerada la primer novela de la historia, presenta personajes complejos, emociones sutiles y conflictos internos que anticipan siglos de narrativa psicológica. A través de sus páginas, el lector se adentra en la fragilidad del deseo, en la fugacidad del tiempo o en la belleza de lo efímero. Mientras otras tradiciones privilegiaban la acción y la épica, ella eligió explorar la interioridad humana con una precisión que sigue asombrando. Sin proclamaciones, ni manifiestos, inauguró una forma de entender la literatura.
En México, durante el siglo XIX, en un país que comenzaba a construir sus instituciones modernas, Matilde Montoya decidió abrirse camino en un territorio que parecía vedado. Desde muy joven mostró una inclinación clara hacia el conocimiento científico, alentada por una madre que entendió la dimensión de ese talento. Ingresó primero a estudios de obstetricia, donde enfrentó críticas y cuestionamientos. La idea de una mujer dedicada a la ciencia generaba incomodidad en sectores amplios de la sociedad. A pesar de ello, avanzó y posteriormente buscó ingresar a la carrera de medicina. Ahí encontró barreras formales, obstáculos administrativos y argumentos diseñados para impedir su acceso. Persistió, estudió, se preparó y resistió la presión social. Llegó un punto en el que el acceso a su examen profesional requirió la intervención directa del presidente Porfirio Díaz porque los reglamentos de titulación sólo hablaban de alumnos y no de mujeres. En 1887 obtuvo su título, convirtiéndose en la primera médica del país. Su logro marcó un precedente y a partir de ese momento, otras mujeres comenzaron a transitar un camino que antes parecía inaccesible. Su historia representa una ruptura concreta en la estructura social de su tiempo.
Tres mujeres, tres contextos y tres historias qué transformaron la realidad. En cada una se percibe una claridad particular. Entendieron, cada una a su manera, que el mundo puede cambiar desde lugares que rara vez ocupan el centro visible. Una protegió el conocimiento en un entorno hostil, otra redefinió la manera de narrar la experiencia humana y otra abrió el acceso a la ciencia en su país.
Elegí escribir sobre ellas porque las encontré tarde, y ese hallazgo produjo una sensación difícil de describir. Como si la historia, desde el machismo de los narradores, de pronto, revelara capas que habían permanecido ocultas.
Al pensar en ellas, la mirada se amplía. En cada época, en cada espacio, existen mujeres que sostienen procesos fundamentales, que impulsan transformaciones profundas y que amplían las posibilidades colectivas. Su presencia se encuentra en la educación, en la ciencia, en el arte y en la vida cotidiana. Su influencia se despliega con una constancia que muchas veces pasa desapercibida, aunque sus efectos resultan permanentes.
La historia, cuando se observa con atención, revela un patrón que atraviesa generaciones. El avance humano ha estado acompañado por una inteligencia sensible, por una fuerza capaz de sostener incluso en contextos adversos, por una capacidad de crear futuro donde antes había límites.
En este tiempo, su presencia adquiere una dimensión distinta. Persisten desafíos e inercias, aunque el horizonte comienza a escribirse de otra forma, con A. Cada vez con mayor frecuencia, los espacios de decisión, de creación, de liderazgo, llevan nombre en femenino. Empresas, instituciones, laboratorios, gobiernos, universidades, comienzan a reflejar una transformación que durante siglos se gestó en silencio. En medio de ese tránsito, el acto de soñar adquiere un valor inmenso. Soñar con libertad, con ambición, con profundidad y con sentido.
A ustedes pertenece una parte esencial de ese proceso. Y comprenderlo, en toda su dimensión, transforma la manera de mirar el mundo.
Que sueñen, logren y ocupen el lugar que deseen en sus vidas.
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David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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